
Ekathe se encamina al futuro, un idioma de delfines a medio resolver. Ella ha recuperado el sello de la alianza, navega entre la multitud nombrando a los sobrevivientes. Sus labios nada esconden, su destino ondula, arroja a las mandíbulas del mar, a las mandíbulas de la tierra, a la boca del dragón que florece entre la marea, el aire y el gemido de paloma. Ella deja su cabeza apoyada contra la pared, mira hacia abajo y ahora que el miedo da risa, deja de contar estrellas en el vacío, ve los números bailar hasta desaparecer.
La memoria hace daño, los sueños hacen daños. El paisaje sigue impávido, tan naturalmente influyente. El cielo despedazado por el viento que gime. Ekathe descubre sus ojos, sus cabellos oscuros en la piel del tigre, su voz aullando de loba en la garganta del pez, sus besos de luna en contacto con la boca del enemigo.
El momento más fascinante es aquel en que cambia la luna, cuando en un abrazo eterno complementan un eclipse. Entonces, la laguna es peligrosa para los mortales. Si alguna vez existieron, una espada brillante humedecida en el silencio los une. Ni resignación, ni soledad, ni distancia confunden su leyenda. Saben que es tarde, siempre es demasiado tarde, los relojes están muertos.
Ella se abriga, tiene frío, mucho frío. Todos tenemos frío, el querer tiene frío. Ekathe no necesita héroes, escribe para inventar el mar del Sur a los suicidas. Podría sentarse y darle forma a su anonimato, empezar de nuevo, ocultar frases. Quizás, sólo quizás, finalmente termine viéndose en otros espejos.
Ekathe observa una alfombra persa sobre el sueño sin superficie del fondo de la ciudad. Observa a su enemigo, el enemigo más brillante que no vuela, que se desliza, que es un remolino mezclado con agua destilada. Ella armada de un violín de tulipanes encendidos intenta abrir la puerta de la ciudad, la puerta de la memoria de aquel hombre.
Quizás no existieron criaturas más clarividentes que éstas, que vivieron en un mundo efímero y embrujado. Lejanamente existieron en la tierra intermedia, imaginaria de nuestra propia propiedad.
El enemigo ya no está aquí. ¿Ves esa mancha en las nubes?. Usa los binoculares... ¿Ahora ves la mancha?. Es mejor que no uses los binoculares para ver al enemigo. Los binoculares funcionan en el abismo, además, no existe el valor para sumergirse en las aguas azules y frías de los mares del sur.